Pese a que el artículo destaca un crecimiento de 4 % en el primer cuatrimestre, una baja de 200 puntos en la tasa de interés en un año, el aumento del crédito privado, la recuperación de la construcción, la estabilidad cambiaria por debajo de 60 pesos por dólar, una deuda consolidada en 59 % del PIB y reservas cercanas a US$ 16 mil millones, también reconoce el dato que más incide en la vida cotidiana: la inflación. Al mes de abril, esta se sitúa en 5.11 %, y el propio texto admite que la población se queja porque varios alimentos se disparan entre 10 % y 15 %.
Esa distancia entre los números macroeconómicos y la presión sobre el costo de vida abre un frente de fiscalización sobre la gestión pública. Si la economía muestra fortaleza, la exigencia ciudadana pasa por explicar por qué persiste el deterioro en los precios que enfrentan los hogares. El artículo atribuye el problema al impacto internacional del gas y el petróleo, pero deja claro que el malestar social no desaparece con indicadores agregados cuando la inflación sigue definiendo la experiencia diaria.
La discusión, entonces, no queda resuelta por los datos de crecimiento o estabilidad. El reconocimiento de que una variable crítica permanece fuera de control refuerza la necesidad de vigilar las respuestas oficiales ante el costo de la vida, sobre todo cuando el discurso de buena marcha económica convive con las quejas persistentes de la población.
