A la orilla del río Ozama, cerca del puente de La 17, la rutina mantiene intacta una precariedad que contradice cualquier idea de progreso parejo en Santo Domingo. En el barrio Las Lilas, decenas de personas siguen pasando en yola para transportar productos y pasajeros, una práctica que, lejos de pertenecer al pasado, continúa siendo imprescindible para vendedores ambulantes, trabajadores y quienes necesitan desplazarse de un lado a otro del río.
Ramón Acosta, dirigente comunitario, señaló que esta actividad todavía mueve la economía local, porque muchos vecinos venden, trabajan o prestan servicios al cruzar las aguas del Ozama. Mientras el debate público gira en torno a sistemas integrados de transporte, inteligencia artificial o viajes a la Luna, en esa zona persiste una realidad elemental: la movilidad de cada día sigue apoyándose en remos y embarcaciones artesanales.
Los yoleros, organizados en una especie de asociación, reparten los días de trabajo y varios acumulan hasta 40 años en el oficio. Entre ellos está Buki, un hombre mayor que aún cruza el río remando para atender a quienes esperan en la orilla. La escena no solo retrata una actividad económica local, sino también una señal del abandono acumulado en comunidades donde el progreso sigue llegando tarde y la vida cotidiana obliga a resolver con medios precarios lo que debería atenderse como una prioridad pública.
