La segunda parte de “El destino de los héroes” regresa a uno de los tramos más oscuros de la represión, con un recuento minucioso de torturas, maltratos y ejecuciones atribuidas a oficiales y subalternos en centros de detención. El texto detalla el uso de picanas o bastones eléctricos, golpizas, arrastres por escaleras, fotografías de los prisioneros antes y después de ser pasados por las armas, y su traslado forzado en el baúl de un automóvil, en hechos que sitúa en las oficinas del general Fernando A. Sánches (Tunti) y en otros espacios de tormento.
Entre los señalados aparecen, entre otros, los mayores César Báez y Tavito Balcácer; el general Fernando A. Sánches (Tunti); los coroneles Gilberto Sánchez Rubirosa (Pirulo), Luis José León Estévez (Pechito), Alfonso León Estévez y Evangelista Cabrera; además del general Máximo Burgos (Mozo). El texto también ubica a Ramfis Trujillo Martínez, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, como quien encabezó la campaña de bombardeos contra los guerrilleros y como el mayor entusiasta en la planificación de la tortura y ejecución de los prisioneros.
Más que una simple reconstrucción del horror, el pasaje opera como una advertencia institucional: cuando el poder actúa sin fiscalización, la distancia entre el mando y la barbarie se acorta al mínimo. La oposición entre cualquier discurso de orden y la realidad que describen estos episodios refuerza una lección política de fondo: la estabilidad del Estado no puede apoyarse en personalismos, espectáculo ni obediencia ciega, sino en controles efectivos, memoria pública y vigilancia permanente frente a los abusos del poder.
