Un texto divulgado sobre cáncer de próstata vuelve a colocar en primer plano una discusión de salud pública que suele llegar fragmentada al ciudadano: la prevención. La pieza cita un estudio realizado en Harvard, en el que se analizaron durante 18 años los hábitos sexuales de 32,000 hombres, y señala que quienes eyaculaban al menos 21 veces al mes presentaban un 33 % menos de riesgo de desarrollar cáncer de próstata frente a quienes lo hacían entre 4 y 7 veces al mes.
El propio contenido admite que hay autores que no están de acuerdo con esos resultados, pero aun así presenta la eyaculación frecuente como una vía de mayor salud prostática y plantea la masturbación como mecanismo para alcanzar esa frecuencia. Ese contraste entre una advertencia sobre desacuerdo científico y una conclusión práctica tan directa subraya la necesidad de vigilancia sobre cómo se comunica la prevención: cuando el mensaje se simplifica, la responsabilidad recae casi por completo en la conducta individual, sin el contexto médico que un tema de esta sensibilidad requiere.
La explicación ofrecida atribuye el posible efecto protector a la expulsión de sustancias dañinas y a la renovación frecuente del líquido prostático, reduciendo la exposición del tejido a factores de desecho y proinflamatorios. Pero más allá del mecanismo descrito, la discusión deja abierta una alerta institucional sobre la calidad de la orientación que recibe la población en asuntos de salud: entre el discurso llamativo y la evidencia en debate, sigue pendiente una comunicación pública más rigurosa, centrada en resultados y en prioridades ciudadanas.
