Ocho años después de la llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder, el balance de la llamada Cuarta Transformación queda marcado por una tensión central: mientras se reconocen avances sociales y una sólida mayoría política, también se acumulan señales de desgaste institucional, con contrapesos democráticos debilitados y una violencia que no ha cedido.
El texto plantea que el debate político, periodístico y académico en México sigue polarizado. De un lado, se destaca una transformación que habría colocado en el centro a los sectores populares, apoyada en el aumento al salario mínimo y la continuidad de programas sociales que alcanzan a más de treinta millones de mexicanos. Del otro, incluso entre quienes admiten esos logros, crece la advertencia sobre una deriva autocrática asociada a políticas públicas y concesiones que, según esa lectura, deben revertirse para preservar los equilibrios democráticos.
La discusión de fondo, por tanto, no se limita a la popularidad del proyecto gobernante, sino a sus efectos sobre la vida institucional. Para sus críticos, durante este periodo se concentró poder en el Ejecutivo y en el partido gobernante, al tiempo que se redujeron significativamente los contrapesos. Ese contraste entre respaldo político y debilitamiento de controles coloca la rendición de cuentas en el centro del balance sobre lo ganado y lo perdido en estos años.
