Tres décadas de deterioro en el sistema de partidos dominicano vuelven a ocupar el centro del debate con una señal política decisiva: la organización que llegó al poder en 2020 bajo la bandera del cambio también empieza a resentir el desgaste propio de gobernar. El texto atribuye esa erosión al caudillismo, las divisiones internas, las expectativas de bienestar incumplidas, un Estado con obligaciones que crecen más rápido que su capacidad de recaudar y la incidencia de los medios y las redes sociales sobre el malestar ciudadano.
Pese a que la República Dominicana ha mantenido crecimiento económico, estabilidad macroeconómica, captación de divisas, inflación moderada, reducción de la pobreza, expansión de la clase media y estabilidad política, la nota insiste en que ese panorama no ha impedido el colapso o la fragmentación de las fuerzas que han estado en el poder. En esa línea recuerda la muerte política del PRSC con Joaquín Balaguer, la división del PRD que dio origen al PRM y un peledeísmo todavía partido en dos. La advertencia es institucional: la estabilidad general no reemplaza la necesidad de partidos eficaces, cohesionados y sometidos al escrutinio ciudadano.
El contraste más visible recae sobre el oficialismo. El PRM, presentado en 2020 como una esperanza de cambio, aparece ahora bajo una ilusión que se desvanece, con una gestión cuya eficiencia no ha sido la marca del Gobierno, primero por inexperiencia y después por falta de acoplamiento. De aquí a mayo de 2028, el propio texto prevé más críticas, más desencanto y una oposición elevando la presión en la competencia electoral, mientras el partido oficial afronta desde el poder su primera disputa por la candidatura presidencial en un escenario incierto.
