La próxima visita de Donald Trump a China, fijada del 13 al 15 de mayo de 2026, vuelve a poner sobre la mesa una negociación central entre las dos mayores potencias, en un escenario de expectativas altas y asuntos todavía pendientes. Después del aplazamiento de marzo por la ofensiva militar en Irán, el desplazamiento se perfila como el primer viaje de un presidente estadounidense al país asiático desde 2017 y como una prueba concreta de la solidez de la tregua arancelaria pactada en octubre de 2025 en Busan.
Trump ha afirmado que espera «grandes cosas» para ambas partes, aunque la lista de acompañantes refuerza la idea de que la prioridad inmediata de Washington sigue siendo resguardar intereses corporativos y comerciales. Al mandatario lo acompañan 16 altos directivos, entre ellos Elon Musk, Tim Cook, Larry Fink, Jane Fraser, David Solomon y Cristiano Amon, una muestra del peso que la estabilidad operativa y la protección de capitales estadounidenses tienen en la agenda del encuentro.
Pekín, por su parte, ha respondido con cautela. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Guo Jiakun, sostuvo que la relación debe guiarse por el beneficio mutuo, al tiempo que China rechazó las sanciones unilaterales de Estados Unidos contra 12 entidades vinculadas a la venta de petróleo iraní y las tildó de «ilegales» por no contar con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. La combinación entre el tono optimista y las fricciones todavía abiertas deja la reunión bajo observación internacional por sus resultados efectivos.
