En torno al futuro del proyecto minero Romero, la discusión no pasa únicamente por la inversión extranjera, la seguridad jurídica, el empleo o la sostenibilidad. Hay una cuestión anterior que sigue exigiendo respuestas verificables: si de verdad se conoce cómo funciona el sistema natural que se pretende intervenir. Ese vacío sitúa en primer plano la necesidad de fiscalización pública antes de tomar cualquier decisión sobre una zona de alta sensibilidad hídrica.
El geólogo e hidrólogo Rafael W. Rodríguez Cruzado, exdirector de programas científicos del U.S. Geological Survey (USGS), lo sintetizó sin rodeos: “Antes de aprobar una mina, primero hay que entender científicamente cómo funciona el sistema natural.” Con esa afirmación, el debate se desplaza de la narrativa corporativa hacia la evidencia técnica. Según plantea, no son suficientes presentaciones, renders, videos de ingeniería o promesas de una operación responsable cuando lo que está en juego es un sistema hídrico de montaña cuya respuesta natural demanda meses e incluso años de observación continua.
La advertencia también alcanza la gestión institucional del proyecto: la ciencia, sostiene, no termina en una línea base, sino que requiere comprender la interacción entre ríos, manantiales y acuíferos, así como mantener monitoreos permanentes durante toda la vida útil de la operación y después de su cierre. A partir de ahí, cualquier discusión pública que avance sin ese conocimiento previo fortalece la demanda de rendición de cuentas y de vigilancia ciudadana sobre decisiones con posibles efectos ambientales de largo plazo.
