Dos madres cubanas que viven a apenas cinco kilómetros de distancia en La Habana retratan el impacto desigual de la crisis energética y de vivienda en la vida diaria. En un extremo, Dania Leiva, de 35 años, residente en el Vedado, dice que en su casa el agua y el gas para cocinar no fallan con demasiada frecuencia y que cuenta con una moto eléctrica que puede recargar. Aun así, advierte que “sí sufrimos los apagones” y relata que pasó cuatro horas seguidas sin energía durante la madrugada y que al volver del trabajo otra vez no había luz.
Esa inestabilidad también altera tareas básicas de cuidado. Leiva debe subir más de 10 pisos por las escaleras con su niño de cuatro años cuando el edificio queda sin corriente, después de recogerlo en una guardería infantil estatal. Su caso, presentado como uno de los más favorecidos dentro de la capital, subraya hasta qué punto los cortes eléctricos y las fallas en servicios esenciales se han vuelto parte de la rutina incluso para quienes tienen mejores condiciones.
La otra cara es más severa: hogares sin agua y sin vivienda digna, donde la vida doméstica convive en pocos metros cuadrados incluso con la crianza de cerdos. En ese contraste, la crisis que Cuba padece desde mediados de 2024 deja de ser una discusión abstracta y se traduce en carga diaria para las familias. El cuadro descrito por expertos como una “policrisis” refuerza la alerta sobre el deterioro de servicios básicos y el peso que esa situación impone sobre la crianza y la vida cotidiana.
