El presidente Luis Abinader reiteró su promesa de combatir la corrupción “sea quien sea”, al anunciar que encabezará reuniones mensuales del Sistema Nacional de Ética Juvenil y que cualquier irregularidad será llevada ante la justicia.
El planteamiento vuelve a colocar en el centro el discurso oficial de transparencia, pero también abre preguntas sobre el alcance práctico del nuevo esquema, su costo, sus mecanismos de control y los resultados concretos que ofrecerá a la ciudadanía.
En la medida en que el Gobierno insiste en mensajes de mano dura y ética pública, la evaluación no puede quedarse en el anuncio. Hace falta seguimiento sobre cómo operará el sistema, qué capacidades tendrá para prevenir y detectar irregularidades y cuáles serán los indicadores para medir si se traduce en hechos verificables.
La vigilancia sobre el uso de recursos públicos y la rendición de cuentas resulta clave, especialmente cuando el Ejecutivo coloca la lucha anticorrupción como una bandera central. La credibilidad de ese compromiso dependerá de que el discurso se sostenga con acciones, transparencia y consecuencias reales.
Abinader afirmó que asumirá control directo de esta estructura, una decisión que refuerza la centralidad del tema en su agenda, pero que también obliga a exigir claridad institucional y resultados que puedan ser evaluados por la opinión pública.
