Un tribunal dictó 30 años de prisión contra un hombre hallado culpable de matar a su pareja, en un caso ocurrido en Santiago que vuelve a poner en primer plano la pregunta sobre por qué un historial prolongado de violencia no fue detenido a tiempo.
La víctima, Jennifer Milagros Peña, sufrió agresiones y amenazas durante 19 años de relación antes de ser asesinada el 31 de diciembre de 2024. La sentencia reconoce la gravedad del hecho, pero también deja expuesto un problema de fondo: la capacidad real de las instituciones para detectar, atender y cortar a tiempo los ciclos de violencia intrafamiliar y de género.
Más allá de la condena, el caso obliga a mirar la prevención. Cuando una relación acumula casi dos décadas de maltrato, la respuesta del sistema no puede limitarse a reaccionar después del asesinato. El foco público debe estar en qué mecanismos de protección fallaron, cómo se atendieron —o no— las alertas previas y qué seguimiento hubo para evitar un desenlace fatal.
La decisión judicial representa una sanción de alto rango, pero también reabre el debate sobre la eficacia de la ruta de atención a las víctimas, la coordinación entre autoridades y la garantía de medidas de protección que, en casos como este, resultan determinantes.
El proceso judicial cierra una etapa penal, pero no resuelve la pregunta central que deja el feminicidio: cómo evitar que un historial de violencia conocido termine convertido en tragedia.
