Mientras los Países Bajos consolidan una economía donde más del 80 % de las compras en puntos de venta ya se hacen de forma electrónica, su banco central sostiene una advertencia que desmonta cualquier triunfalismo tecnológico: el efectivo sigue siendo indispensable. El caso neerlandés, presentado como referencia para República Dominicana, expone que la digitalización no resuelve por sí sola la seguridad del sistema ni la protección de quienes pueden quedar fuera cuando todo depende de la infraestructura bancaria y tecnológica.
El cambio en ese país fue rápido y se apoyó en confianza en el sistema bancario, infraestructura digital sólida, acceso casi universal a cuentas y herramientas sencillas de pago instantáneo. Pero precisamente ese avance es el que vuelve más relevante la señal de cautela: incluso en un entorno con esas condiciones, persiste la necesidad de mantener el dinero físico como respaldo. La lección para el debate dominicano no es solo de modernización, sino de fiscalización sobre la capacidad real del Estado y del sistema para responder ante fallas, interrupciones o barreras de acceso.
La experiencia neerlandesa también abre un contraste entre discurso y realidad en cualquier agenda de transformación digital: la eficiencia y la comodidad no sustituyen la obligación de garantizar inclusión y resiliencia. Para el gobierno dominicano, el mensaje es institucional y de resultados: avanzar hacia más pagos electrónicos exige vigilancia, rendición de cuentas y previsión, no solo promesas de modernidad.
