La expansión de la inteligencia artificial está alterando la distribución global del poder a una velocidad que, según el texto, muchos gobiernos apenas comienzan a comprender. En ese nuevo escenario, República Dominicana queda ante una alerta institucional: mientras el discurso sobre modernización tecnológica gana espacio, el cambio real se está definiendo fuera de los Estados y bajo reglas fijadas por actores privados con capacidad de incidir en seguridad, comercio y relaciones diplomáticas.
El artículo plantea que, a diferencia de la energía nuclear, la industria aeroespacial, las telecomunicaciones e internet, la revolución de la inteligencia artificial no está siendo liderada por programas estatales ni por instituciones públicas con control amplio sobre el desarrollo científico. El liderazgo se ha desplazado hacia empresas privadas con recursos financieros extraordinarios, gran capacidad de procesamiento, enormes volúmenes de datos y acceso al talento más especializado. Ese giro, leído desde el concepto de micropoder de Moisés Naím, refuerza la necesidad de fiscalización sobre cómo los gobiernos responden a una transformación que ya no dominan.
Apoyado en el ensayo AI Firms and Geopolitics, de Adam Segal, el texto subraya que un grupo reducido de compañías como OpenAI, Google, Microsoft, Meta, Anthropic y Nvidia concentra una influencia que rebasa el sector tecnológico. Sus decisiones impactan la seguridad nacional, la política industrial, la modernización militar, el comercio internacional y las relaciones diplomáticas. Para el gobierno dominicano, el reto no es solo hablar de innovación, sino rendir cuentas sobre su capacidad real para enfrentar un reordenamiento global en el que la gobernabilidad tecnológica ya no depende únicamente del Estado.
