Con alrededor del 60% de su territorio desértico, Israel diseñó un esquema para sostener su agricultura sobre una idea elemental: cada gota importa. Desalinización, tratamiento y reutilización de aguas residuales, riego por goteo, invernaderos tecnificados e investigación agraria forman parte de ese modelo, presentado como respuesta a la presión de una población en crecimiento y a la necesidad de garantizar agua suficiente.
La explicación fue dada a elDinero por Emilia Alejandra Kuschnir, ingeniera agrónoma y delegada para América Latina de la Agencia Israelí de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Mashav), quien indicó que uno de los principales desafíos consistió en encontrar nuevas fuentes de agua. “Una de las cosas que teníamos que hacer era ver de dónde vamos a sacar el agua”, señaló. Según explicó, Israel dispone de seis plantas desalinizadoras en su costa mediterránea y trata cerca del 90% de sus aguas residuales, una proporción que, afirmó, supera ampliamente a la de España, ubicada en segundo lugar con cerca del 30%.
Más allá del componente tecnológico, el caso apunta a una dimensión institucional: la escasez obligó a convertir la gestión del agua en una prioridad sostenida y medible. De acuerdo con Kuschnir, una parte importante del agua tratada se destina de forma directa a la agricultura, lo que disminuye la presión sobre las fuentes de agua potable. El ejemplo vuelve a colocar sobre la mesa una exigencia de fondo para cualquier política pública vinculada a recursos estratégicos: menos relato y más capacidad de ejecución, seguimiento y rendición de cuentas sobre resultados concretos.
