Los intentos de encuadrar los ataques de EE. UU. e Israel contra Irán en febrero como una maniobra estratégica para poner presión sobre China han ido perdiendo fuerza con el paso de las semanas. Ahora que Xi Jinping se alista para recibir a Donald Trump en Beijing este jueves, lo que muestran los hechos disponibles apunta en otra dirección: las interrupciones en el estrecho de Ormuz elevaron los costos para fábricas y hogares chinos, pero la economía del país absorbió en gran medida el impacto gracias a sus reservas de materias primas y a intervenciones sobre los precios.
En vez de derivar en un cerco efectivo, el conflicto terminó consolidando una ventaja que China ya venía desarrollando. Los altos precios de los combustibles fósiles y la volatilidad del suministro intensificaron la presión para acelerar la transición hacia energías renovables, un ámbito en el que las empresas chinas concentran al menos el 70 por ciento de la capacidad mundial de fabricación en tecnologías verdes. Además, desde que empezó la guerra, las exportaciones chinas de productos solares y baterías se han disparado.
El contraste entre el discurso de presión y el resultado observable también se extiende al plano internacional. El enfoque de Trump en política exterior, descrito en el texto como caprichoso, ha alejado a aliados de EE. UU. y ha mejorado la posición relativa de Beijing. De acuerdo con datos de Morning Consult citados en la nota, la favorabilidad neta global de China se ha mantenido en terreno positivo y por encima de la de EE. UU. desde los aranceles del «día de la liberación» impuestos por Trump en abril de 2025, una señal de que la estrategia no solo deja costos, sino también explicaciones pendientes sobre sus resultados reales.
