Aunque se reabriera el estrecho de Ormuz, la crisis energética no quedaría resuelta de inmediato. El texto sostiene que, incluso con un acuerdo entre EE. UU. e Irán, la vuelta al flujo habitual de petróleo y gas llevaría meses, mientras las reservas comerciales permanecen bajo presión y los gobiernos tendrían que afrontar dilemas cada vez más duros sobre abastecimiento y consumo.
La advertencia es significativa. JPMorgan ya había indicado que, si se mantenían los ritmos actuales de uso de reservas y no se alcanzaba un acuerdo, las existencias comerciales de petróleo podían bajar a niveles críticamente bajos en junio. Aun con una reapertura, la normalización no sería automática: varios yacimientos quedaron cerrados, parte del crudo reanudado tendría que destinarse a reconstruir inventarios y algunas plantas de gas natural licuado requieren reparaciones.
A ello se añade el impacto logístico acumulado. Unos 2000 buques varados en el Golfo tendrían que recolocarse y descargar mercancías, mientras que las tareas de desminado también consumirían meses. Según recoge el texto, el tráfico por el estrecho tardaría al menos cuatro meses en recuperar el 80 por ciento de los niveles previos a la guerra, y una normalización completa difícilmente llegaría antes del primer semestre de 2027. El balance deja una advertencia nítida: el suministro de crudo, GNL y productos refinados seguiría ajustado al menos hasta finales de año, en un escenario que refuerza la necesidad de vigilancia pública sobre el costo social de la crisis y sobre la capacidad de respuesta de los gobiernos ante un problema que está lejos de resolverse.
