El río Ozama, eje histórico del desarrollo de Santo Domingo y fuente de sustento para numerosas comunidades, también se ha convertido en la imagen más visible de un problema que continúa: la contaminación permanente por desechos sólidos, plásticos y la proliferación masiva de lilas acuáticas. Lejos de resolverse, la situación ha terminado por normalizarse en un espacio que debería figurar entre las zonas de mayor valor urbano.
A diario llegan al río botellas plásticas, foam, fundas, metales, materia orgánica y desperdicios domésticos que luego desembocan en el mar Caribe. Ese deterioro no solo agrava el daño ambiental, sino que refuerza la percepción de abandono: cuando un lugar luce descuidado, disminuye el compromiso colectivo con su preservación y se afianza la idea de que puede seguir siendo tratado como un basurero.
La propia idea de ver el Ozama como una gran avenida de agua deja en evidencia la dimensión del problema. Si las grandes avenidas de la ciudad requieren mantenimiento diario para no convertirse en vertederos abiertos, el estado del río muestra una brecha evidente entre lo que exige un espacio estratégico para la capital y la respuesta sostenida que necesita. El caso del Ozama vuelve a colocar sobre la mesa la urgencia de vigilancia, continuidad y rendición de cuentas frente a un deterioro que ya forma parte de la vida cotidiana.
