Un informe respaldado por especialistas en nutrición sitúa a República Dominicana en el indicador de que el hambre dejó de prevalecer, un resultado que la FAO vincula al compromiso social del Gobierno, al campesinado productivo y a grupos organizados contra la desnutrición. Sin embargo, el dato presentado como logro no da por cerrada la discusión: más bien obliga a examinar si el discurso oficial se corresponde con la realidad alimentaria que aún afrontan amplios sectores.
El propio enfoque recogido en el texto advierte que superar estadísticamente la pobreza alimentaria en su nivel más básico no basta. Continúan los daños sociales asociados a ingestas insuficientes o de baja calidad, mientras la obesidad —también una forma de malnutrición— aparece como un desafío en la población infantil. A ello se suma la exposición de familias a alimentos ultraprocesados y la falta de información suficiente sobre sus efectos, en un entorno donde esos productos desplazan opciones saludables.
La principal señal de alarma institucional está en el costo de la vida. El mismo análisis apunta que salarios mínimos promedio por debajo del ingreso necesario para afrontar ese costo pueden estar empujando a un sector importante a dificultades para sostener una alimentación adecuada y permanente, sobre todo cuando suben los precios. En ese contraste entre la celebración y las carencias cotidianas queda abierto el punto central de rendición de cuentas para Luis Abinader y el Gobierno dominicano: convertir un avance reconocido en resultados estables para las familias, y no en una meta estadística desconectada de su mesa.
