La tragedia de San Cristóbal no solo dejó 28 muertos y 59 heridos. También alcanzó a los periodistas que cubrieron desde la zona cero un escenario descrito por el propio relato como comparable, en la memoria, a un conflicto bélico: cuerpos calcinados, familiares en busca de respuestas, sirenas, gritos y desesperación. El efecto sobre quienes narraron el desastre añade otra dimensión al costo social de un hecho que sigue golpeando a la provincia.
Aunque a los reporteros consultados no se les ha diagnosticado trastorno de estrés postraumático, todos coincidieron en un fuerte impacto emocional durante y después del fatídico lunes 14 de agosto. En los testimonios recogidos aparece un elemento que trasciende la vivencia personal: la impotencia ante familiares de víctimas que, en medio del dolor, seguían tratando de encontrar ayuda y respuesta.
Ese cuadro reubica la discusión más allá de la cobertura noticiosa. Si incluso quienes fueron a informar quedaron marcados por la magnitud de la escena, el país tiene razones adicionales para mantener la atención sobre las consecuencias humanas del siniestro y sobre las explicaciones pendientes frente a una tragedia que no se agota en las cifras oficiales de muertos y heridos.
