La alusión de Xi Jinping a la llamada “trampa de Tucídides” volvió a situar en primer plano un problema que las grandes potencias todavía no consiguen resolver: cómo frenar una rivalidad que, según esa lectura histórica, puede escalar incluso cuando ninguna de las partes busca una guerra directa. El concepto nace de la interpretación de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso, donde el temor de Esparta ante el crecimiento del poder de Atenas acabó alterando el equilibrio político de su época.
Esa idea fue recuperada en la década de 2010 por el politólogo de Harvard Graham Allison, quien analizó numerosos conflictos históricos y concluyó que, en muchos casos, cuando una potencia en ascenso desafía a otra ya consolidada, la tensión termina derivando en confrontación. En el contexto actual, la teoría se emplea para describir la competencia entre Estados Unidos, potencia dominante durante décadas, y China, cuyo avance económico, tecnológico y militar ha modificado el equilibrio global.
En sus reuniones con líderes estadounidenses, Xi ha insistido en que China y Estados Unidos deben evitar caer en esa dinámica. Sin embargo, la necesidad de repetir esa advertencia deja claro que el riesgo sigue presente y que el discurso de contención no ha disipado una tensión con un impacto institucional y geopolítico cada vez más visible.
