La expansión de la actividad nocturna en Santo Domingo guarda menos relación con el ocio que con una rutina urbana cada vez más exigente para los trabajadores. El caso de Pedro Vásquez ilustra esa presión: antes de iniciar su jornada laboral a las 9 de la mañana, pasa por el quiropráctico, va al gimnasio y adelanta diligencias como visitas al banco o al mecánico, porque durante el día no le resulta posible resolverlas.
Ese cambio obedece a transformaciones que se han ido acumulando en las últimas décadas. La conectividad digital, el teletrabajo acelerado por la pandemia y la multiplicación de turnos diurnos y nocturnos han empujado al sector servicios a operar en horarios antes inusuales. En la capital ya hay supermercados abiertos hasta la medianoche, consultas médicas después de las 9 de la noche, gimnasios disponibles las 24 horas y opciones de transporte pensadas para quienes se desplazan en esas franjas.
Desde enero también opera un corredor nocturno en la avenida John F. Kennedy, entre el kilómetro 28 de la autopista Duarte y la intersección de las avenidas Duarte y París, con horario de 11 de la noche a 5 de la mañana. El auge de esta economía nocturna muestra una ciudad que se adapta, pero también pone en evidencia el costo social de jornadas cada vez más apretadas y la necesidad de vigilar si esta reorganización urbana responde a una mejora real en la calidad de vida o a la obligación de los ciudadanos de acomodarse a un ritmo cada vez más difícil.
