Un texto de memoria sobre Arnau Bross y varios arquitectos vinculados a los años setenta y ochenta termina poniendo el foco, más allá de la evocación personal, en un tema de interés público: el valor de una tradición arquitectónica que ayudó a definir espacios urbanos y cuya huella obliga a mirar con más vigilancia las decisiones sobre la ciudad. La referencia a Taller 13, la Galería Proyecta y figuras como Plácido Piña, Jhonito Caminero, Miguel Vila, Héctor Tamburini, Federico Fondeur, Ada Balcácer, Domingo Liz, Ramón Oviedo, Peña Defilló, Mario Cruz, Lepe, Thimo Pimentel y Félix Gontier sitúa una etapa de intensa producción cultural y profesional.
El autor también recuerda haber conocido a César Curiel y a Yuyo Sánchez cuando casi terminaban la carrera de arquitectura y habían entrado al taller de Plácido Piña en 1982, tras formarse en la UASD con Erwin Cott, Vicente Tolentino, Domingo Liz, Milán Lora y Luis Despradel. Esa formación heterogénea y el perfil complementario de ambos son presentados como parte de una escuela que no solo levantaba estructuras, sino que podía modificar el lugar y marcar la experiencia urbana.
Desde esa memoria, la pieza deja un contraste verificable entre el peso del legado arquitectónico y la necesidad de fiscalización ciudadana sobre el presente de los espacios públicos. La evocación de Gazcue, el Jaragua, el Jaraguita, La Metralla y la Feria de la Paz, hoy Centro de los Héroes, remite a obras que impactaron generaciones y refuerza una alerta institucional: cuando la ciudad tiene esa capacidad de transformar la vida colectiva, su cuidado, preservación y orientación no pueden quedar fuera del escrutinio de la sociedad civil.
